Querer no es poder, HACER es poder.

Soy Tey Alcántara. Químico Fármaco biólogo de profesión, atleta de ultradistancia y coach deportivo por vocación. Yo elegí la carrera de QFB, el atletismo me eligió a mi.

Crecí en una familia pequeña, somos 3 hijos, a comparación de los 10 hermanos de mi madre, quienes tuvieron en promedio de 8 a 10 hijos, un tío tuvo hasta 25 hijos (What!?). Tengo la fortuna de contar con 2 hermanos hombre mayores que yo, quienes me cuidaron y enseñaron a jugar canicas y andar en patineta. Fui educada para servir, para atenderles, para hacer de comer desde los 12 años, con la obligación de lavar el baño de visitas cada viernes y de apoyar siempre en labores de casa, por que “eso hacen las mujeres, y yo no educo a una mujer del montón”, por lo tanto “no ser del montón” es un mantra aprendido.

Rompí el molde muy pronto. Desde pequeña quise jugar a las canicas con mis hermanos, al “changalais”, a subirme a los árboles, acudía a “Cadena” que es un grupo parecido a los scouts, tal vez un poquito más rudo, en pocas palabras fui machetona. Crecí en una dualidad, usar vestidos de colores y jugar con niños, por que mis hermanos era con quienes convivía. En la primaria yo era la niña que jugaba fútbol en la cancha de tierra, en lugar de jugar a las muñecas con mis amiguitas, pero también aprendí a sentarme con las piernas cerradas, a peinarme con moñito rosa y a comportarme como una señorita. Leí todos los cuentos de las princesas de Disney, aprendí modales, computación y todo lo que hay que saber acerca de Dragon Ball, No fui tan niña rosa, fui más una niña azul.

El fútbol fue parte de mi vida hasta los 33 años, el deporte me salvó de adicciones o malas compañías, yo lo único que quería era ponerme mis tachones y salir al campo de juego a contar cuántos cabezazos lograba dar por partido, en contra del gusto de mi mamá, y con un papá con poca opinión acerca de mis gustos futbolísticos, crecí viendo a Saturnino Cardozo, al pumas bicampeón y un poco de las chicas superpoderosas, también aprendí el dolor de quedarme fuera de cancha por una ruptura de ligamento cruzado y rompí el molde al decirle al doctor que me operara por que yo debía volver a la cancha, a mi mamá no le hizo mucha gracia mi comentario.

Recuerdo siempre rezongar y hacer mis labores domésticas a regañadientes, y no me mal interpretes, no tenía nada que ver con ser floja, si no con la falta de equidad en labores de casa, ya que para mi era una obligación y para mis hermanos era una “opción” por si les tocaba una mujer desobligada ellos supieran lavarse una camisa o exprimir un trapeador, “Saber hacer para saber mandar” solía decir doña Esther, honestamente acabé por rebelarme y no hacerlo con la frecuencia que a mi mamá le hubiera gustado, al romper el molde le he sacado algunas docena de canas.

Aprendí a cocinar muy pequeña, por que fueron las necesidades familiares, lavar, trapear, doblar ropa, tender camas sin ninguna arruga, doblar a la perfección las cobijas, lavar trastes (no es mi fuerte, aún les dejo un poco de jabón), poner la mesa, hablarle bonito a las plantas (aún lo hago). Recuerdo clases de cocina con el maestro “Memo”, a mi mamá le relajaba aprender modales de cocina y cómo doblar una servilleta de tela para dar una cena con invitados; me llevaba con ella, actividades madre e hija, muy lindo, disfrutaba pasar tiempo con ella, pero también aprendí de papá a colocar un clavo, un taquete, un tornillo, a usar un taladro, un desarmador, a medir con cinta métrica cosas, a no cerrarme el mundo. Sí, soy una mujer muy azul.

Crecí con un papá que todos los días me preparaba mi desayuno para ir a la escuela y con una mamá que iba a trabajar de sol a sombra. Viví un ejemplo de equidad y a la par de machismo y feminismo, había apoyo de mi papá para que mi mamá tuviera tiempo de llegar a su trabajo, haciendo él las labores matutinas de dejar listos a los hijos, y existió machismo por que la casa era responsabilidad de las mujeres, a mi papá le daba mucha pena lavar los trastes o barrer, hubo feminismo por que mi mamá me educó para no sobajarme ante nadie, me enseñó a defenderme y a exigir igualdad, mis padres son maravillosos, me educaron con todas las herramientas que tenían, hicieron buen trabajo.

¿Por qué te cuento todo esto? Pues no soy muy diferente a muchas mujeres del entorno, crecí educada para ser una mujer como la sociedad espera, y resulta que he pagado rompiendo ese molde, gritando con mis actos que soy mucho más que una muñequita de vestido rosa, jugando futbol 7 días de la semana, primaria, secundaria, prepa y universidad. Corriendo maratones, ultra maratones (más de 42.195km), alzando la voz con unos tachones o con una mochila de hidratación y unos bastones para trail, hice todo lo que una mujer debe hacer, aprendí a ser ama de casa, educada, buena esposa, buena hija, buena estudiante, en casa aprendí muy buenos valores, salí a la vida y descubrí que necesitaba ser más que “buena mujer”, lo que este mundo necesita no son moldes, sino individuos de calidad, humanos íntegros, más allá del género, necesitamos mujeres fuertes y no solo de carácter si no fuertes de amor propio, fuertes de pensamiento, en convicciones, en acciones, sin miedo a expresar lo que sentimos o queremos, sin miedo a decir NO y necesitamos hombres que quieran vernos brillar, que estén dispuestos a vivir en equidad.

Decidí romper el molde pasando mis 30 años, vaya balde de agua fría, bienvenidos los 30´s (ja! Ja! La vida riéndose de mi) con mi relación eterna que no llego a ningún puerto, con mi desempleo y con mis ganas de sobresalir, allí llegó el running, allí encontré una libertad que no esperaba sentir, yo tenía 30 años y no me había casado, no tenía hijos ni vistas a tenerlos, correr me regalo una sensación de poder que no había sentido, comenzó como una actividad recreativa y de pronto recibía mensajes de otras mujeres que me felicitaban por mi constancia en el deporte, y de pronto estaba más enamorada de correr que nunca, pero no solo de correr si no que comencé a disfrutar mi trabajo, mi vida, mi soltería, mis amistades, mi espacio, mis kilómetros recorridos, mis carreras, mis logros deportivos, por primera vez me sentí consciente de vivir, no me culpaba por no tener hijos, o por no ser lo que “la sociedad” esperaba, por no tener un auto, una pareja estable o una casa propia, no esperaba llenar las expectativas de nadie, solo las mías, solo mi existencia desde el amor propio, por primera vez me amaba y me amaba corriendo, fue en este momento que conocí a mi actual pareja, con quien la dualidad se hizo presente. Un hombre maravilloso que hace todo por que yo brille, me desarrolle y haga lo que me hace feliz. Que me ayuda en casa, en el negocio, en mis entrenamientos, que me cuida y procura y que se comparte a mi lado, aclaro que no es necesario tener una pareja para sentirte de esta manera, yo ya me hacía feliz a mi misma, él llego a reforzarme y a alentarme a seguir haciendo más de lo que amo.

En el camino ha habido grandes mujeres que han sido mi guía y mi espejo, tuve que acudir a terapia (psicóloga mujer) para sanarme y dejar de culparme por no ser “suficiente” para los demás y comencé a ser suficientemente capaz de vivir la vida de mis sueños. Hoy soy una mujer de colores.

Rompí el molde aprendido, no soy una mujer “del montón” como me pidió mi madre, hoy soy una mujer plena, no me he casado, no tengo hijos (no sé si los tendré) y no por ello soy menos mujer que quien sí los tiene (admiro esa capacidad de guiar la vida de un niño, las aplaudo), con negocio propio, con mi empleo soñado, con un equipo deportivo de atletismo, en conjunto con mi pareja damos entrenamientos para empoderar a atletas que quieren romper el molde, con estudios de nutrición y deporte en curso para seguir avanzado, con entrenamientos diarios (si corro casi todos los días, o nado, o hago trabajo de fuerza, o hago pista). Me parto en cachitos para hacer lo que tanto amo, que es vivir, comencé a dar pláticas para compartir mi experiencia deportiva y hoy comienzo a escribir para compartirme, también voy al cine, como pizza y me divierto.

Busco inspirar y dar el mensaje desde el amor humano, que esto no es una guerra, no es acerca de imponer autoridad o decir que las mujeres somos mejores; es claro que hombres y mujeres somos distintos, pero lo más importante es que en esas diferencias nos nutrimos, nos enriquecemos, romper el molde es acerca de poder caminar en la calle sin que toques el claxon (sigo sin entender por que lo hacen), es poder publicar una foto sin esperar que quieras “halagar” mi cuerpo, es no esperar un piropo callejero, es acerca de saber mi valor y de enriquecer tu valor de persona, es acerca de poder usar una falda o un short para mi y no sentirme acosada, es maquillarme por que me hace sentir bien, o no maquillarme por que también me hace sentir bien, es no esperar tu aceptación, es teñir mi caballo de rosa o usar un tatuaje si así me apetece, es orar y vivir mi espiritualidad sin esperar que lo apruebes, sin ponerle etiqueta. No es libertinaje, no es hacer lo que quieras, es hacer lo que te conviene para vivir esta grandeza que ya existe en ti, es aprender y desaprender, es complementarnos, apoyarnos y crecer como sociedad, romper el molde desde el amor y por amor, por que tu grandeza no cabe en un molde, por que necesitas soñar, pero sobre todo necesitas dejar que tus sueños se HAGAN realidad con trabajo duro, con esfuerzo, con sudor, transpirándolo y sobre todo disfrutando de tus procesos.

Hoy amo no caber en un molde, duele, a veces duele, pero lo vale, cada minuto que vivo lo vale, cada corazón que logro tocar y cada kilometro que logro avanzar lo vale.